¿VIOLENCIA MACHISTA O NATURALEZA IMPUESTA?
Antes de exponer mi opinión al respecto quiero dejar claro que estoy totalmente en contra, cuando es innecesaria, de cualquier tipo de violencia, pero más aún, si cabe, contra la violencia machista, por ser siempre innecesaria y por poner de manifiesto, siempre de forma vil y traicionera, lo lejos que estamos de conseguir adaptar a la vida en sociedad, la parte violenta e irracional de nuestra mente.
Nosotros pertenecemos a la especie animal más violenta, agresiva y despiadada de todas las que habitan nuestro planeta: la especie humana; y el hombre, el macho de dicha especie, estuvo, está y estará, preparado y diseñado para comportarse según las instrucciones que, a sangre y fuego, lleva gravadas en sus genes. La única arma de que disponemos en la actualidad para intentar luchar contra nuestra naturaleza violenta, es ese velo, al que llamaremos velo racional, que nos puede proporcionar la vida en sociedad, mediante la formación, la educación, el correcto aprendizaje emocional, el conocimiento de nosotros mismos, etc.
Hace miles de años, cuando no había leyes, bueno sí había una, la del más fuerte; el cerebro del hombre, del macho de la especie humana, estaba programado genéticamente para defender al grupo, hembras y jóvenes, al que pertenecía y para intentar destruir todo ser viviente que se cruzara en su camino, incluidos los de su misma especie; y características como la agresividad, fuerza, violencia, ira, etc., seguro que eran importantes para sobrevivir. Las tareas del macho, todas ellas con un importante componente violento y de fuerza, podían ser: cazar, defender al grupo de otros, atacar y dar muerte a otros grupos, demostrar a los demás, especialmente a las hembras, quién era el más bestia del grupo (macho dominante), etc. Dentro de cada grupo habría un jefe, el macho dominante, al que seguro que no sería prudente rechazar, por parte de la hembra por él elegida.
En la actualidad, con la vida en sociedad, en la que todo está racionalmente organizado y regulado mediante leyes, en la que hombre y mujer, macho y hembra, son iguales y tienen los mismos derechos y obligaciones ante la ley, ya no sería necesaria esa programación del macho para la violencia y agresividad; ya no necesitaríamos ser agresivos, violentos o iracundos, sin embargo, la vida en sociedad y la naturaleza, desgraciadamente, no evolucionan con la misma rapidez, por lo que actualmente, el cerebro del hombre, del macho de la especie humana, sigue estando programado genéticamente para lo mismo que estaba programado hace miles de años.
En la mente del ser humano hay dos partes, la racional y la irracional. Yo, que soy consciente, por experiencia, de la existencia de esas dos partes, sé lo difícil que es, en ocasiones, mantener un equilibrio entre ellas, y las posibles consecuencias de la ruptura de dicho equilibrio.
Cuando en un grupo, en el que existen vínculos sentimentales, por pequeño que sea, por ejemplo una familia compuesta por hombre, mujer e hijo, o una pareja compuesta por hombre y mujer, se produce una ruptura sentimental, pueden producirse, principalmente, dos situaciones:
Primera.- Que sea el hombre el que, de forma más o menos anunciada rompa el vínculo. En este caso, normalmente no ocurrirá episodio alguno de violencia de género; porque la mujer, la hembra de la especie humana, suele ser menos fuerte que el hombre, y su cerebro no está programado para la violencia, la agresividad y la ira; y además, porque tiene más inteligencia emocional que el hombre, y está más adaptada a la vida en sociedad, pudiendo subsistir más fácilmente en ella, sin la compañía masculina.
Segunda.- Que sea la mujer la que, de forma más o menos anunciada rompa el vínculo.
Aquí es donde pueden producirse episodios de violencia de género, ya que el hombre, el macho de la especie humana, sí que suele ser más fuerte que la mujer, y su cerebro, sí que está programado para la violencia, la agresividad y la ira; y además porque tiene menos inteligencia emocional que la mujer, y, en principio, tendría más dificultades de subsistir socialmente, sin la compañía femenina.
El que se produzcan episodios de violencia de género en esta segunda situación, dependerá de las cualidades innatas del hombre, de sus características genéticas, del velo racional que haya adquirido, de los conocimientos que pueda adquirir respecto al funcionamiento de su cerebro y del mantenimiento del equilibrio racional-irracional de su mente, y de la ayuda que pueda recibir de quien proceda.
En mi modesta opinión, la mayoría de las medidas que se aplican en la actualidad, con la finalidad de proteger a la mujer envuelta en episodios de violencia machista no son eficaces, ya que están pensadas desde un punto de vista legal, social y racional, desde el punto de vista de que todos somos individuos racionales que estamos en disposición de respetar las leyes y de respetar a los demás; y esto, que sería lo deseable, realmente no es así; es, precisamente, todo lo contrario, ya que los hombres involucrados en situaciones de violencia machista, no respetan lo más mínimo ni la Ley, ni la sociedad, ni la razón. Esas medidas deberían de tener en cuenta nuestra naturaleza violenta, esa naturaleza impuesta que en ocasiones nos empuja a ejecutar actos criminales contra la mujer, embriagados por un cóctel irracional cuyos ingredientes son, nuestra violenta herencia genética, nuestros miedos e inseguridades y el desconocimiento de nosotros mismos, sobre todo del funcionamiento de nuestro cerebro. No deberían engañar a una mujer envuelta en un episodio de violencia machista con que, con una orden de alejamiento o algún medio de alerta, van a evitar que el que hasta hace poco fue su hombre, el macho más o menos dominante, irracionalmente temeroso de perder tal condición ante los demás y del daño que la sociedad pueda infligirle, desequilibrado emocionalmente, desprovisto del velo racional que contenía su violencia y agresividad, no la va a intentar agredir. En el supuesto de que existan indicios de que una mujer se pueda ver envuelta en un episodio de violencia machista, se le debería advertir del verdadero peligro, de que no vuelva a convivir con su agresor; de que no vuelva a acercarse a su ex pareja; y se le debería ayudar, en caso de que no disponga de recursos para hacerlo por sí misma, para desaparecer del posible escenario de su crimen y así no ser protagonista de una probable muerte anunciada; y en caso de que no pueda desaparecer del escenario, deberían adoptarse medidas legales eficaces para procurar que, en caso de que el enfrentamiento no se pueda evitar, las fuerzas estén equilibradas y la mujer se pueda defender legítimamente.
Por último, respecto al hombre, también habría que intentar ayudar de forma efectiva, al que muestre indicios de que lo necesite, para que supiese y pudiese aplacar sus instintos agresivos, ante el rechazo de su pareja; para, de esta forma, evitar que él también se convierta en víctima de su propia violencia, la segunda víctima de su naturaleza; pero esta es otra cuestión.

